
RFID o los objetos que hablan
La sigla viene de Radio Frequency Identification o Identificación por Radiofrecuencia y es un método para almacenar y recuperar datos de forma remota, integrado por cuatro componentes: etiquetas (o tags), lectores, antenas y un host o computadora central. Actualmente su aplicación principal es la optimización del flujo de bienes en grandes cadenas de abastecimiento, pero también es ideal para otros usos de movilidad, como identificación de patrones de clientes en centros de ski, medios de transporte y ferias, prevención de falsificaciones en la industria farmacéutica, trazabilidad de alimentos, seguimiento de equipajes en aeropuertos y de libros en bibliotecas, o en la gestión de atención al cliente, gracias al monitoreo en línea de inventarios. RFID hace que la identidad de los objetos en movimiento sea visible a los “ojos” de un sistema informático. Adherida a productos, personas o animales, la etiqueta funciona como un pequeño transmisor, con un microchip y una antena flexible instalada sobre una superficie plástica. Puede ser activa (con una fuente que la alimenta) o pasiva (sin batería). En este último caso, para identificarse a si misma se “despierta” cuando recibe la onda de radio que emite el lector, que también puede “escribir” información nueva sobre el chip de la etiqueta. Las comunicaciones entre lectores y etiquetas están gobernadas por protocolos y estándares emergentes, como el EPC o Código Electrónico de Producto. Una de las ventajas de RFID sobre otros sistemas de identificación automática, como el código de barras, es que sus etiquetas pueden leerse a distancia, sin contacto físico o línea de vista con el lector. Pero también tiene sus limitaciones. Las propiedades de las ondas de radio dependen de la frecuencia (velocidad de repetición de las ondas medida en hercios) en que operan. A bajas frecuencias traspasan con facilidad los obstáculos pero su poder cae a medida que se aleja de la fuente. A altas frecuencias, las ondas tienden a viajar en línea recta y llegar más lejos, pero rebotan frente a obstáculos. En los propios objetos o en el entorno operativo puede haber elementos que afecten las ondas, por ejemplo, materiales absorbentes (como el agua) o metálicos. Para compensar estas dificultades, RFID puede operar en distintas frecuencias y usar etiquetas diseñadas para aliviar problemas de lectura. El código de barras de una botella de CocaCola da información genérica, mientras que un tag de RFID permite identificar esa botella de forma unívoca, porque es una base de datos portátil con varios bites de memoria. Además, los datos del código de barras son inmovibles, mientras la información de la etiqueta RFID puede modificarse, con el agregado de que según lo quiera el usuario, parte de esa información puede quedar cautiva, visible sólo a través de un lector seteado especialmente. Por su costo y modo de implementación, es de esperar que RFID siga el camino inverso al del código de barras. Primero se va a usar en pallets, después en unidades de embalaje y por último en los productos. Bajo el supuesto de que atentan contra la privacidad de las personas, algunas aplicaciones de RFID generan polémica. Por ejemplo, el comprador de un artículo no tendría por qué saber de la presencia de la etiqueta y ésta podría ser leída sin su consentimiento. Sin embargo sus defensores dicen que las etiquetas almacenan números seriales sin ningún valor por si mismos. Sólo dicen algo en relación a una base de datos, lo cual haría del espionaje algo más complejo de lo que se cree. Nicolás Falcioni |
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